Por: Felipe García Cárcamo

Periodista y Abogado

Cada cuatro años, el mundo se sumerge en el fervor del fútbol. Un solo partido tiene el poder de alterar el pulso global. Las conversaciones sobre el clima, el trabajo y la política se desvanecen y todos se concentran en un único tema: EL MUNDIAL.

Las calles se transforman en estadios; las banderas adornan balcones, autos y mochilas. Las casas se llenan de amigos que visten la camiseta de su selección, y hasta los vecinos más críticos se contagian del ambiente, memorizando alineaciones. Las oficinas instalan pantallas para ver los partidos, mientras que los bares abren temprano. En resumen, el mundo se detiene por el fútbol; tanto es así que aquellos que no son aficionados aprovechan para realizar trámites, pues el tráfico disminuye y las oficinas están vacías.

El fútbol trasciende lo deportivo; es un fenómeno económico y cultural. El mundial impulsa un movimiento de millones en camisetas, turismo, pronósticos entre amigos, publicidad y hasta música, con la canción oficial que resuena en todos lados.

Este evento despierta ilusiones; una nación puede pasar de la crisis a la euforia con solo un grito de GOL. Durante 90 minutos, todos nos sentimos técnicos, reclamamos por penales y compartimos la creencia de que esta vez es posible lograr la victoria.

Aunque la magia del Mundial dura apenas un mes, deja recuerdos imborrables. Rememoramos a Pelé y sus tres títulos, la “mano de Dios” de Maradona en México 86, el penalti fallado por Baggio contra Brasil en 1994, el gol de Rincón en el último minuto contra Alemania, y disfrutamos de la genialidad de Messi en Qatar 2022, quien al igual que Cristiano, disputará su última Copa.

En definitiva, los mundiales de fútbol nos hacen sentir parte de algo trascendental. Colombia se convierte en una sola bandera; el deporte nos une y, sin importar el resultado, disfrutamos de momentos inolvidables.

«QUE RUEDE EL BALÓN»


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